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Ing. Marcelino Ramírez B.


     Con frecuencia escuchamos: "su trato es inhumano", refiriéndonos a alguna actitud carente de bondad o que implique algún grado de crueldad o maltrato.

          Se lo decimos al médico que realiza una curación con brusquedad o mostrando insensibilidad por el dolor del prójimo.

          Otras veces comunicamos una mala noticia o un resultado negativo sin poder ocultar un gesto de satisfacción por el infortunio ajeno.

          El extremo de la falta de humanidad bien podrían ser las guerras fratricidas que a lo largo de la  historia (más que en la prehistoria) del hombre, se llevan a cabo de manera permanente. En este mismo momento, están teniendo lugar mas de 250 cruentos conflictos armados en el orbe.

          Los hombres hemos puesto y seguimos poniendo nuestra nefasta huella en la naturaleza. Son incontables las especies animales y vegetales que han desaparecido para siempre, merced a nuestra actitud agresiva y totalmente irresponsable hacia nuestro medio, que nos ha distinguido durante milenios. Sin embargo, nuestra más clara labor depredadora  se acentuó en el siglo XIX a partir de la Revolución Industrial, que marca el inicio de la declinación del uso del caballo como principal fuente motriz, pero también del nacimiento de una pesadilla, la pesadilla tecnológica.

          Y no es que vaya en contra de los descubrimientos y avances tecnológicos, sino de su empleo irracional que antepone enormes intereses económicos al aprovechamiento inteligente de los recursos naturales.

          Siempre, pero nunca como en los últimos 150 años, hemos puesto nuestra planta irreflexivamente en el mundo, bajo la cual sucumben valores físicos y morales.

Contemplamos el advenimiento de la peor época de la humanidad, hostil, salvaje, bárbara, que nos llevó a dos de las más graves conflagraciones mundiales de nuestra existencia y nos mantiene en el filo de la navaja frente a la posibilidad de una tercera que, con toda seguridad sería la última. Independientemente de la opinión de Santiago Genovés respecto al origen de la agresividad del hombre, la sed de poder y riqueza que tipifica a los regímenes liberales y neoliberales, cuya característica fundamental es el imperio de la ley de la selva, la del más fuerte, la del poderoso que puede doblegar a sus semejantes y aprovechar su fuerza productiva y la de la naturaleza, sin importar su deterioro o agotamiento y la de los recursos que no son nuestros, sino de todos los seres vivos que habitan el tan diezmado planeta tierra. Es evidente que la inteligencia humana tiene límites, mientras que al parecer la ambición y la estupidez no.

Pero si el hombre puede practicar tan atroces barbaridades con sus propios hermanos, ¿qué no podemos esperar que haga con otras especies, entre ellas al caballo? Si el hombre es capaz de ser el lobo del hombre (con perdón anticipado a los lobos que pudieran protestar por tan ofensiva comparación), ¿qué no será capaz de hacerle al caballo o a cualquiera otra especie animal?

El hábito de cazador, que por lo visto no puede romper fácilmente (tal vez porque ni siquiera se lo propone), es su principal obstáculo para relacionarse apropiadamente con el caballo. La increíble capacidad perceptiva del equino le indica claramente que no debe confiar en el bípedo que exhibe su agresividad en cada paso que da. Siente su actitud amenazante por medio de sus sentidos: visualmente, cuando se mueve; auditivamente, cuando emite sonidos; mediante el olfato, por lo que come y por el tacto cuando siente nuestros fuetes, espuelas o frenos (léase garras y colmillos) Sólo existe un sentido mediante el cual el caballo no percibe nuestra posición antagónica: el del gusto, seguramente, porque el caballo no come ni nunca ha comido humanos.

Es por eso que mientras el hombre se comporte como tal, es decir, de acuerdo a sus hábitos de cazador, el caballo se habrá de comportar como animal de presa que tiene como forma primaria de defensa la huida, y cuando esta no es posible, presentará una resistencia encarnizada.

No nos debe entonces extrañar, que los caballos broncos no se dejen acercar, lazar, entrampar, sujetar, tocar o montar sin oponer resistencia tratando de escapar. Y si no pueden hacerlo, los vemos forcejear en los cajones, mangas y remolques hasta despedazar sus cuerpos. Para todos es familiar la imagen del caballo levantándose sobre las patas, reparando, pateando, mordiendo o arrancando desenfrenadamente con su jinete en los lomos sin posibilidad alguna de controlar la carrera suicida.

          Pero el hombre no siempre ha sido así. Existen innumerables testimonios de personas y hasta de grupos humanos que han tratado al caballo de forma distinta a la que nos es común a todos nosotros.

El primer ser humano que montó a caballo lo hizo hace unos 6,000 años. No se conoce el lugar exacto ni las circunstancias específicas, pero dos cosas si son seguras: 1) fue montado de manera natural, por su voluntad y sin usar la fuerza o la intimidación; 2) fue montado por una mujer o un niño que logró ganarse fácilmente la confianza del caballo, debido a su actitud menos agresiva que la de los varones adultos.

3,700 años después Jenofonte destacó en la Grecia antigua por su sensibilidad para adiestrar a los caballos. Su cualidad lo llevó a escribir un tratado de equitación donde menciona que la comunicación es la base de una relación apropiada con los equinos. Muchos de los conceptos actuales del Manejo Natural fueron escritos por Jenofonte hace 2,300 años: "Premia al caballo con amabilidad cuando haga algo correctamente, pero repréndelo cuando desobedezca".

En el siglo XVI, en medio de un ambiente de mucha agresividad para el caballo en Europa, Antoine de Pluvinel planteó la necesidad de crear confianza en el caballo tratándolo como individuo (un enfoque muy similar al de que el humano se comporte como caballo) Escribió un tratado de equitación que aún en nuestros días sirve como libro de texto en prestigiadas escuelas de adiestramiento.

Más tarde, en el siglo XVIII el duque de Newcasttle escribió: "...hay personas que en cuanto se hacen de un caballo joven sin el menor equipo y sin el menor saber, suponen que por golpear y acicatear al animal lo van a amansar en sólo una mañana. A estas personas tan estúpidas les preguntaría si golpeando a un chico lo pueden enseñar a leer sin antes enseñarle el alfabeto".

Hace 200 años, los indios de las llanuras de Norte América montaban sus caballos con cuidado y tranquilidad y los educaban con paciencia y dedicación. Al adiestrar a sus animales eran específicos y graduales en sus señales y usaban una jáquima de correas de cuero que ejercía presión en la nuca y en la ternilla. Para dirigir al caballo empleaban otra correa que lazaba la mandíbula inferior del animal y se comunicaban con el animal por medio de sus rodillas, piernas y talones desnudos.

En el siglo pasado, John Solomon Rarey hizo historia. Viajó por Europa manejando a los caballos más difíciles (considerados como indómitos) de manera suave pero con firmeza. Sus libros son guía invaluable de quien pretenda relacionarse con los caballos con sabiduría. A los 70 años de edad, Jeffery seguía domando potros broncos en pocos minutos.
 
En la actualidad, Tom Dorrance, que frisa los 90 años, es considerado como el padre del Conductismo Moderno en equinos. Creó una sólida escuela que siguen ya algunas decenas de importantes "susurradores". Dorrance ha dado muestra no solo de ser el ser humano más capacitado para lograr con el caballo lo que a todos parece imposible y mágico, sino también de una generosidad sin límite al compartir sin restricciones sus bastos conocimientos. Sin embargo, esa misma bondad necesaria para encumbrar su labor que tanto agradecemos, parece ser la causante de su injusta y lamentable postración económica.

Pero nuestro país, con toda esa tradición ecuestre que orgullosamente nos pertenece, también tiene sus exponentes relevantes en el Manejo Natural de los caballos. Baste sólo mencionar a don Carlos Rincón Gallardo. El conocimiento del caballo y su personalidad, pero también su amplísima experiencia, ganada solo a lo largo de miles de horas sobre el lomo de sus caballos, que lo hicieron capaz de lograr tal entendimiento con el animal, que podía realizar la cala del caballo completa sin tocar para nada la rienda. Don Carlos también hizo escuela (que debe continuar) Escribió el Libro del Charro Mexicano, fuente abundante de conocimientos imperecederos para quienes quieran mejorar no sólo su manera de relacionarse con los caballos, sino también su cultura en el amplio tema de la Charrería.  
 
Quedan claros los resultados del Manejo Natural, que pone en juego una serie de procedimientos y actitudes copiadas del comportamiento propio de los equinos cuando se encuentran libres en sus llanuras. La tarea es mostrar que CUALQUIER caballo, sin importar su raza, sexo, edad, educación o actividad, puede tener un mejor desempeño que el que se obtiene por procedimientos tradicionales. 

Con mucha frecuencia me preguntan: si a lo largo de la historia del hombre siempre han existido personas suficientemente sensibles para poder obtener de los caballos los resultados que se describen ¿por qué entonces el procedimiento practicado de manera generalizada, en todos los tiempos y en todas las culturas, es el tradicional con base en la fuerza y el dolor?

La respuesta está en el hábito agresivo del humano, sobre todo si es varón y más aún si es joven.

Es por ello que le pedimos a la gente de a caballo, que por favor no trate a los caballos humanamente, en lugar de eso, hay que aprender a hacerlo "equinamente".       
      
           




     
Ing. Marcelino Ramírez B.


     Con frecuencia escuchamos: "su trato es inhumano", refiriéndonos a alguna actitud carente de bondad o que implique algún grado de crueldad o maltrato.

          Se lo decimos al médico que realiza una curación con brusquedad o mostrando insensibilidad por el dolor del prójimo.

          Otras veces comunicamos una mala noticia o un resultado negativo sin poder ocultar un gesto de satisfacción por el infortunio ajeno.

          El extremo de la falta de humanidad bien podrían ser las guerras fratricidas que a lo largo de la  historia (más que en la prehistoria) del hombre, se llevan a cabo de manera permanente. En este mismo momento, están teniendo lugar mas de 250 cruentos conflictos armados en el orbe.

          Los hombres hemos puesto y seguimos poniendo nuestra nefasta huella en la naturaleza. Son incontables las especies animales y vegetales que han desaparecido para siempre, merced a nuestra actitud agresiva y totalmente irresponsable hacia nuestro medio, que nos ha distinguido durante milenios. Sin embargo, nuestra más clara labor depredadora  se acentuó en el siglo XIX a partir de la Revolución Industrial, que marca el inicio de la declinación del uso del caballo como principal fuente motriz, pero también del nacimiento de una pesadilla, la pesadilla tecnológica.

          Y no es que vaya en contra de los descubrimientos y avances tecnológicos, sino de su empleo irracional que antepone enormes intereses económicos al aprovechamiento inteligente de los recursos naturales.

          Siempre, pero nunca como en los últimos 150 años, hemos puesto nuestra planta irreflexivamente en el mundo, bajo la cual sucumben valores físicos y morales.

Contemplamos el advenimiento de la peor época de la humanidad, hostil, salvaje, bárbara, que nos llevó a dos de las más graves conflagraciones mundiales de nuestra existencia y nos mantiene en el filo de la navaja frente a la posibilidad de una tercera que, con toda seguridad sería la última. Independientemente de la opinión de Santiago Genovés respecto al origen de la agresividad del hombre, la sed de poder y riqueza que tipifica a los regímenes liberales y neoliberales, cuya característica fundamental es el imperio de la ley de la selva, la del más fuerte, la del poderoso que puede doblegar a sus semejantes y aprovechar su fuerza productiva y la de la naturaleza, sin importar su deterioro o agotamiento y la de los recursos que no son nuestros, sino de todos los seres vivos que habitan el tan diezmado planeta tierra. Es evidente que la inteligencia humana tiene límites, mientras que al parecer la ambición y la estupidez no.

Pero si el hombre puede practicar tan atroces barbaridades con sus propios hermanos, ¿qué no podemos esperar que haga con otras especies, entre ellas al caballo? Si el hombre es capaz de ser el lobo del hombre (con perdón anticipado a los lobos que pudieran protestar por tan ofensiva comparación), ¿qué no será capaz de hacerle al caballo o a cualquiera otra especie animal?

El hábito de cazador, que por lo visto no puede romper fácilmente (tal vez porque ni siquiera se lo propone), es su principal obstáculo para relacionarse apropiadamente con el caballo. La increíble capacidad perceptiva del equino le indica claramente que no debe confiar en el bípedo que exhibe su agresividad en cada paso que da. Siente su actitud amenazante por medio de sus sentidos: visualmente, cuando se mueve; auditivamente, cuando emite sonidos; mediante el olfato, por lo que come y por el tacto cuando siente nuestros fuetes, espuelas o frenos (léase garras y colmillos) Sólo existe un sentido mediante el cual el caballo no percibe nuestra posición antagónica: el del gusto, seguramente, porque el caballo no come ni nunca ha comido humanos.

Es por eso que mientras el hombre se comporte como tal, es decir, de acuerdo a sus hábitos de cazador, el caballo se habrá de comportar como animal de presa que tiene como forma primaria de defensa la huida, y cuando esta no es posible, presentará una resistencia encarnizada.

No nos debe entonces extrañar, que los caballos broncos no se dejen acercar, lazar, entrampar, sujetar, tocar o montar sin oponer resistencia tratando de escapar. Y si no pueden hacerlo, los vemos forcejear en los cajones, mangas y remolques hasta despedazar sus cuerpos. Para todos es familiar la imagen del caballo levantándose sobre las patas, reparando, pateando, mordiendo o arrancando desenfrenadamente con su jinete en los lomos sin posibilidad alguna de controlar la carrera suicida.

          Pero el hombre no siempre ha sido así. Existen innumerables testimonios de personas y hasta de grupos humanos que han tratado al caballo de forma distinta a la que nos es común a todos nosotros.

El primer ser humano que montó a caballo lo hizo hace unos 6,000 años. No se conoce el lugar exacto ni las circunstancias específicas, pero dos cosas si son seguras: 1) fue montado de manera natural, por su voluntad y sin usar la fuerza o la intimidación; 2) fue montado por una mujer o un niño que logró ganarse fácilmente la confianza del caballo, debido a su actitud menos agresiva que la de los varones adultos.

3,700 años después Jenofonte destacó en la Grecia antigua por su sensibilidad para adiestrar a los caballos. Su cualidad lo llevó a escribir un tratado de equitación donde menciona que la comunicación es la base de una relación apropiada con los equinos. Muchos de los conceptos actuales del Manejo Natural fueron escritos por Jenofonte hace 2,300 años: "Premia al caballo con amabilidad cuando haga algo correctamente, pero repréndelo cuando desobedezca".

En el siglo XVI, en medio de un ambiente de mucha agresividad para el caballo en Europa, Antoine de Pluvinel planteó la necesidad de crear confianza en el caballo tratándolo como individuo (un enfoque muy similar al de que el humano se comporte como caballo) Escribió un tratado de equitación que aún en nuestros días sirve como libro de texto en prestigiadas escuelas de adiestramiento.

Más tarde, en el siglo XVIII el duque de Newcasttle escribió: "...hay personas que en cuanto se hacen de un caballo joven sin el menor equipo y sin el menor saber, suponen que por golpear y acicatear al animal lo van a amansar en sólo una mañana. A estas personas tan estúpidas les preguntaría si golpeando a un chico lo pueden enseñar a leer sin antes enseñarle el alfabeto".

Hace 200 años, los indios de las llanuras de Norte América montaban sus caballos con cuidado y tranquilidad y los educaban con paciencia y dedicación. Al adiestrar a sus animales eran específicos y graduales en sus señales y usaban una jáquima de correas de cuero que ejercía presión en la nuca y en la ternilla. Para dirigir al caballo empleaban otra correa que lazaba la mandíbula inferior del animal y se comunicaban con el animal por medio de sus rodillas, piernas y talones desnudos.

En el siglo pasado, John Solomon Rarey hizo historia. Viajó por Europa manejando a los caballos más difíciles (considerados como indómitos) de manera suave pero con firmeza. Sus libros son guía invaluable de quien pretenda relacionarse con los caballos con sabiduría. A los 70 años de edad, Jeffery seguía domando potros broncos en pocos minutos.
 
En la actualidad, Tom Dorrance, que frisa los 90 años, es considerado como el padre del Conductismo Moderno en equinos. Creó una sólida escuela que siguen ya algunas decenas de importantes "susurradores". Dorrance ha dado muestra no solo de ser el ser humano más capacitado para lograr con el caballo lo que a todos parece imposible y mágico, sino también de una generosidad sin límite al compartir sin restricciones sus bastos conocimientos. Sin embargo, esa misma bondad necesaria para encumbrar su labor que tanto agradecemos, parece ser la causante de su injusta y lamentable postración económica.

Pero nuestro país, con toda esa tradición ecuestre que orgullosamente nos pertenece, también tiene sus exponentes relevantes en el Manejo Natural de los caballos. Baste sólo mencionar a don Carlos Rincón Gallardo. El conocimiento del caballo y su personalidad, pero también su amplísima experiencia, ganada solo a lo largo de miles de horas sobre el lomo de sus caballos, que lo hicieron capaz de lograr tal entendimiento con el animal, que podía realizar la cala del caballo completa sin tocar para nada la rienda. Don Carlos también hizo escuela (que debe continuar) Escribió el Libro del Charro Mexicano, fuente abundante de conocimientos imperecederos para quienes quieran mejorar no sólo su manera de relacionarse con los caballos, sino también su cultura en el amplio tema de la Charrería.  
 
Quedan claros los resultados del Manejo Natural, que pone en juego una serie de procedimientos y actitudes copiadas del comportamiento propio de los equinos cuando se encuentran libres en sus llanuras. La tarea es mostrar que CUALQUIER caballo, sin importar su raza, sexo, edad, educación o actividad, puede tener un mejor desempeño que el que se obtiene por procedimientos tradicionales. 

Con mucha frecuencia me preguntan: si a lo largo de la historia del hombre siempre han existido personas suficientemente sensibles para poder obtener de los caballos los resultados que se describen ¿por qué entonces el procedimiento practicado de manera generalizada, en todos los tiempos y en todas las culturas, es el tradicional con base en la fuerza y el dolor?

La respuesta está en el hábito agresivo del humano, sobre todo si es varón y más aún si es joven.

Es por ello que le pedimos a la gente de a caballo, que por favor no trate a los caballos humanamente, en lugar de eso, hay que aprender a hacerlo "equinamente".       
      
           


El Relinchido
la voz del caballo
En esta sección encontrarás algunos de los artículos relevantes aparecidos en nuestra revista, así como diverso material considerado importate para nuestroa lectores.
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MANGANAS Y PERENGANAS

¿Por qué existe tanta inconformidad de las escaramuzas en sus competencias?


La respuesta (y la solución) es más fácil de lo que se piensa, aunque han pasado años y nadie ha atinado a poner remedio a tan lastimosa situación.

Para darme mejor a entender, quiero establecer algunas similitudes, a manera de ejemplo, con la faena de las manganas.

¿Qué pasaría si en las manganas no hubiera puntos adicionales por hacer resortes, dos o más pasadas, cambios, arracadas, giros, espejos y que los tirones del ahorcado o la flecha tuvieran los mismos adicionales que chorrear de cuadril o estirar a pulso; o que al rematar de máscara el charro obtuviera igual calificación que al hacerlo de contramáscara o contra rodada? Seguramente pasarían por lo menos las siguientes cosas:

1.- ningún charro en competencia habría de tirar manganas que no les dieran más puntos y todos estarían intentando floreadas de una vuelta con una pasada, sin resortes, cambios, o demás floreo. Nunca rematarían de contra rodada o de contra máscara y al estirar sólo lo harían chorreando de cuadril.

2.- todos los charros estarían presentando las mismas manganas, eliminando la posibilidad de que el deporte evolucione hacia formas cada vez más difíciles y por lo tanto atractivas para los espectadores.

3.- al ejecutar todos las mismas manganas y siendo estas las más sencillas, habría una gran cantidad de empates o de calificaciones muy similares que no permitirían diferenciar con facilidad a un competidor de otro.

4.- las inconformidades por los resultados de las competencias sería cosa de todos los días, pues no podría saberse con justeza quien es el mejor.

5.- la labor de juez sería un verdadero infierno, pues ante sólo manganas sencillas, muchas de ellas bien ejecutadas,  los jueces tendrían que decidir cual fue mejor, o establecer una gran cantidad de empates.

Por fortuna para charros, jueces y directivos, esta situación es imaginaria, pues hace muchos años que las manganas fueron incluyendo cada vez más movimientos nuevos, gracias a la imaginación y habilidad de los charros. Estas innovaciones fueron incrementando paulatinamente el grado de dificultad de las manganas, y se fue requiriendo cada vez mejor dominio de la reata y de la ejecución de la faena. Una palabra define este proceso: evolución. Esa evolución se ve periódicamente reflejada en los ajustes al reglamento, revalorando continuamente no sólo las manganas, sino también el resto de las faenas que componen una charreada.

Pero en el caso de las escaramuzas, su evolución se ha frenado manteniendo un estancamiento que dura ya varios años, mientras que técnicamente han mejorado enormemente. Su reglamento no ha cambiado en lo que se refiere al valor de los ejercicios, llevando a las escaramuzas a agudizar las siguientes características:

1.- las inconformidades son tan abundantes, que casi se puede afirmar que no hay competencia donde no existan protestas.

2.- las presentaciones de las escaramuzas se han hecho tan monótonas y parecidas entre si, que han perdido atractivo. Los tiempos en que las escaramuzas llenaban los lienzos ya pasaron.

3.- todos los grupos tienden a presentar los mismos ejercicios, que por supuesto son los más fáciles de cada tipo, pues ya han tenido tiempo de seleccionarlos a lo largo de varios años. Ningún charro tiraría una mangana de alto grado de dificultad, si no se le otorgan puntos adicionales por ello.

4.- todas las escaramuzas presentan sus rutinas con el mismo valor máximo posible (334 puntos), cosa que equivaldría a que todos los manganeadores presentaran manganas de 8 puntos.

5.- se ha desalentado la búsqueda de movimientos diferentes y con ello la superación del deporte en su aspecto femenil. A nadie le interesa crear ejercicios nuevos, más atractivos y mejores técnicamente. Por el mismo motivo, la técnica de la monta a mujeriegas tampoco se desarrolla, manteniendo en la mediocridad no solo a las jinetes, sino también a entrenadores y a jueces que no encuentran una motivación para superarse.

6.- las puntuaciones son cada vez más parejas dándose casos de empates o de diferencias de décimas de punto. Esta es una de las causas principales de disgusto y con razón, pues teóricamente las escaramuza pueden alcanzar 334 puntos, por lo que es absurdo que se diferencien sólo por unas fracciones, más aún, si consideramos que una pérdida de distancia en una fila vale un punto. ¿Cómo es posible que las competencias donde participan ocho jinetes y ocho caballos, a lo largo de 12 ejercicios que se realizan al galope, se estén definiendo por mucho menos que un simple error de distancia?

7.- las diferencias son tan reducidas, que una juez por error, distracción o de mala fe, puede hacer que pierda o gane la escaramuza que ella decida, por lo que se propicia el favoritismo o el revanchismo.

8.- las jueces están expuestas permanentemente a la duda y de hecho casi siempre tienen problemas, aún en el caso de que estén haciendo su mejor esfuerzo sin tratar de perjudicar o de ayudar a un grupo determinado. 

9.- la desilusión de muchos grupos y de la gente que los apoya, como son sus padres, compañeros de asociación y en algunos casos, patrocinadores, está presente en cada evento deportivo de las escaramuzas. Las deserciones por esta causa son innumerables.

Siendo un problema generalizado y monumental, que ha llevado tanto a fricciones leves, como a enfrentamientos graves, algunos mediante demanda ante el Ministerio Público, tiene una solución realmente sencilla y fácil de aplicar, que consiste en que el Reglamento de Competencias otorgue puntos adicionales por cada grado de dificultad adicional de los ejercicios y liberar las posibilidades de diseño de su rutina.

Al hacerlo, cada grupo podría preparar sus participaciones con los ejercicios que más le convengan y que crea que puede realizar, de la misma manera que el manganeador puede decidir libremente el grado de dificultad del floreo de su mangana, realizar el tirón de la muerte o tirar de más de cuatro metros.

La diferenciación de rutinas traería como consecuencia la diferenciación de resultados, facilitaría la labor de las jueces, limitaría las posibles intenciones de influir en la calificación, estimularía la creatividad y superación de los entrenadores, mejoraría la manera de montar de las participantes,  y dejaría mas satisfechos a competidoras, familiares  y al publico en general. Pero sin duda alguna, el efecto más importante es que se reduciría drásticamente (aunque no por completo), los disgustos, inconformidades, protestas y decepciones en las competencias de escaramuzas.    
 
          La propuesta es clara, breve y fácil de aplicar y llevar a la práctica. De hecho, no es novedosa ni original, se trata simplemente de sumar o restar puntos a los ejercicios de acuerdo a su grado de dificultad, de la siguiente forma:

Giros de 360º                                                                                                                                      +3
Segundo giro en la rutina (4 integrantes)                                                                            +1
Segundo giro en la rutina (8 integrantes)                                                                            +2
Giros sin pareja                                                                                                                            -2
Giros en la barda                                                                                                                          -2
Segundo combinado                                                                                                                         +3
Entrada con 4 o más direcciones (excepto en flores)                                           +2
Cruce por hueco momentáneo                                                                                                  +2
Cruce de dos integrantes por el mismo hueco, en sentido encontrado    +2
Cruce de dos integrantes por el mismo hueco, en el mismo sentido            +1  Cruce de la coladera en sentido inverso al del círculo                                     +2
Cambio de ritmo claro al cuajar (no velocidad constante)                                        +2
Ejercicios en la manga del lienzo                                                                                              -2
          
Obviamente no habría puntuación máxima de 334 puntos, pues cada rutina tendría el valor que le diera su grado general de dificultad.

La segunda parte, es moderar las restricciones de los valores de sus ejercicios, exigiendo sólo:

Uno de 16 puntos
Uno de 20 puntos
Dos de 26 puntos, entre ellos, el abanico
Ocho ejercicios libres

En cuanto al tipo de ejercicios, se debe exigir solamente que se cumpla con uno de cada tipo: coladera, escalera, giro, cruce, abanico y combinado.

En tanto que las jueces se familiarizan con la gran cantidad de ejercicios nuevos que se diseñarían, sería conveniente que por lo menos los ejercicios demasiado complicados (como algunos combinados), fueran enviados a la Comisión de la Rama femenil para su evaluación. Esto no es preocupante, puesto que es algo que ya se ha hecho anteriormente y con la rutina completa, que durante los últimos años fueron enviadas para su aprobación por la Coordinadora Nacional de Escaramuzas. Este hecho dio magníficos resultados, pues las escaramuzas llagaban a sus competencias con la seguridad de no encontrar sorpresas desagradables en la valoración de sus ejercicios.

Es ocioso mencionar que en la medida que algunos de estos recursos no se implementen, se reduce el grado de diferenciación que se obtendría en los resultados de una competencia.

También es posible escuchar opiniones de que tal o cual maniobra a la que se le están asignando puntos adicionales no los merece, sin embargo, lo mismo se suele escuchar en relación al jineteo a una mano. Creo que en los casos de controversia, se puede poner a prueba cada movimiento, para definir con claridad su grado de dificultad.

Se puede pensar que sería más difícil calificar a las escaramuzas si sus rutinas se vuelven más complejas, pero no es así por varias razones:

a) el valor de cada ejercicio se determina antes de la competencia (durante la entrega y análisis de rutinas) y en algunos casos, días o semanas antes, en los casos de ejercicios analizados por la Comisión Femenil, después de eso, la labor de la juez será totalmente normal, donde sólo tiene que juzgar la correcta ejecución de los ejercicios.

b) los conceptos que se proponen son absolutamente objetivos y no dejan lugar a dudas.

c) el incremento del grado de dificultad traerá como consecuencia errores más claros de apreciar y por lo tanto de calificar.

Otro argumento recurrente en contra, es que premiar los grados de dificultad, es una medida discriminatoria en perjuicio de escaramuzas de escasos recursos económicos, que no pueden tener caballos bien educados o pagar a un entrenador que las oriente. Es evidente que no se puede participar en una competencia con caballos sin arriendar o montados por personas que no hayan alcanzado un nivel aceptable de destreza para hacerlo, sin embargo, es falso que se requieran caballos de alto costo para lograr un buen desempeño, existen muchos caballos criollos de bajo costo, que hacen un giro de 360° como cualquier caballo cuarto de milla de cala. Por otra parte, una escaramuza no requiere un entrenador para que le diseñe una rutina, basta que la copie de cualquier competencia a la que asista. Además, las competencias son para determinar a los ganadores y cada participante deben buscar su superación para alcanzar buenas posiciones.

Puede haber una objeción más, y es considerar que estos cambios pudieran elevar el nivel de riesgo de las integrantes en su afán por obtener el triunfo. El deporte charro tiene altos riesgos y en su práctica femenil también los tiene ya. De hecho, la simple práctica de la equitación, implica un riesgo difícil de calcular, sin embargo, siendo todos peligrosos, los ejercicios que en esta propuesta reciben mayor puntuación, son los giros y combinados, movimientos que, en términos generales,  no permiten que se incremente la velocidad, factor primordial de riesgo en casi cualquier deporte.

LOS CHARROS Y EL MANEJO NATURAL DEL CABALLO
(PRIMERA PARTE)

Ing. Marcelino Ramírez


(Artículo publicado en la revista CHARRERÍA de agosto de 2001)

Una pregunta es muy frecuente en mis clínicas y exhibiciones. Refleja la inquietud de gran número de charros y charras respecto al origen del Manejo Natural de los Caballos. Quiero aclarar primero, que este es un término que uso personalmente, donde otros emplean epítetos como "racional", "sin resistencia", "en unión", "en armonía", etc, se refiere, al igual que estos, a esa forma diferente de manejar a los caballos sin agredirlos ni intimidarlos, sino comprendiéndolos para obtener respuestas voluntarias, en lugar de reacciones fuera o casi fuera de control.
Hay quien supone que es un invento texano o californiano. Otras personas creen que este tipo de manejo nació en Europa, relacionado con las instituciones de enseñanza ecuestre a la Alta Escuela.

Pero no es así, la historia del Manejo Natural, se pierde en el fondo turbio de las referencias y suposiciones de la manera en que los humanos montaron por primera vez a los caballos.

Este animal fue, tal vez, el último de los animales que el hombre domesticó. Lo hizo después del elefante, el camello, los bovinos, los cerdos, los asnos, las ovejas y por supuesto los perros. Los caballos debieron presentar mayor dificultad que las otras especies para ser atrapados. Su medio primario de defensa -la capacidad de huir galopando a altas velocidades y su resistencia natural a ser sujetado-, debió mantenerlo lejos del alcance del hombre que, con su torpeza y lentitud características, quizá se conformaba con cazarlo y comerlo. Cuando finalmente lo pudo atrapar y sujetar, cualquiera que fuera la forma en que lo haya logrado,  seguramente habría enfrentado la gran dificultad -que a todos nosotros consta- que significa mantenerse sobre un caballo bruto que quiere desprenderse del depredador que saltó sobre sus lomos.

Careciendo de la enorme cantidad de aditamentos y recursos con que actualmente cuenta el manejo tradicional (pretales, espuelas, cajones, riendas, frenos, monturas, etc.)  , sólo quedaba la posibilidad de montar a los caballos con su consentimiento. Es indudable que los primeros caballos sólo pudieron ser montados por personas desprovistas de la agresividad característica de los cazadores: las mujeres y los niños, que al contrario de los varones adultos, pudieron ofrecerle bienestar, protección y compañía.

En esta ocasión, quisiera que fuera Jean M. Aurel, quien nos relate, a través de su novela, "El Valle de Los Caballos", la forma en que por primera vez un humano montó al caballo. Leamos el pasaje que describe el acto, hace unos 6000 años, de acuerdo a su imaginación: Ojalá pudiera correr como tu, pensó, así podríamos ir las dos a donde quisiéramos
Llevó a la yegua hacia un tronco y luego se subió en éste , luego puso los brazos alrededor del cuello de la yegua y alzó una pierna. <<Corre conmigo Whinney. Corre y llévame contigo>>, pensó y al momento se encontraba encima del animal
La yegua no estaba acostumbrada a llevar carga sobre su lomo pero si lo estaba a la mujer y además, los brazos de Ayla alrededor de su cuello ejercían una influencia tranquilizadora
-¡Whinney, ha sido maravilloso! exclamó, con los ojos brillantes de excitación.
Alzó con ambas manos el hocico caido y lo oprimió contra su mejilla a continuación; metió la cabeza de la yegua bajo su axila en un gesto afectuoso que no había repetido desde que era pequeña. Era un abrazo especial, reservado para ocasiones excepcionales Al principio sólo cabalgaba, sentada pasivamente, yendo a donde iba la yegua. No pensaba en dirigir a la potranca
Después de un período inicial de molestias naturales, Ayla comenzó a observar el juego muscular de la yegua y después de su ajuste inicial, Whinney pudo sentir tanto la tensión como la relajación de la joven. Ambas habían desarrollado ya la capacidad de sentir mutuamente sus necesidades y sentimientos, así como el deseo de responder a estos. Cuando Ayla deseaba seguir una dirección dada, sin darse cuenta se inclinaba hacia el lugar donde pretendía ir, y sus músculos comunicaban a la yegua el cambio de tensión sin percatarse de ello, Ayla estaba tomando el mando. Las señales entre la mujer y la yegua eran tan sutiles, y la transición de aceptación pasiva a dirección activa fue tan natural, que al principio Ayla no se dio cuenta A medida que la relación se hizo mas íntima, las reacciones de Whinney llegaron a afinarse de tal manera, que Ayla sólo tenía que pensar hacia donde deseaba dirigirse y a que velocidad, para que el animal respondiera como si fuera una extensión del cuerpo de la mujer. La joven no se daba cuenta de que había transmitido señales a través de nervios y músculos a la piel, altamente sensible, de su montura  
No sabía cómo explicárselo. La simple idea de montar a caballo había sido irresistible y disparatada, pero que el caballo fuera a donde ella quería ir era más difícil de comprender que el proceso por el que ambas habían tenido que pasar. 

No es difícil que las cosas se hubieran dado como Aurel se lo imagina, de hecho, estudios antropológicos se orientan a investigaciones en este sentido. El Manejo Natural es pues la forma primaria de relación con el caballo y es tan antigua como la monta misma. No tiene un inventor específico ni un país de nacimiento, de hecho, es más antiguo que el manejo tradicional y su existencia fue posible porque en lugar de enfrentar la resistencia del equino, lo persuade para que coopere con el humano.

Desde ese momento, a lo largo de la historia han existido hombres con la suficiente sensibilidad para tratar a los caballos atendiendo a sus sentimientos y necesidades, a su naturaleza. La lista de nombres es larga. Son personas que con su intuición y por qué no decirlo, su razonamiento lógico apegado al pensamiento equino, han estado más capacitados para ser empáticos con el caballo, para saber que es lo que el animal siente y piensa, partiendo de un conocimiento empírico de sus costumbres y reacciones.

Del primero que se tiene conocimiento por los antecedentes escritos que se conservan, es Jenofonte, que vivió en la Grecia antigua trescientos años antes de nuestra era. Afirmaba que la comunicación era la base de la equitación. También aconsejaba: se firme pero no duro y nunca pierdas la paciencia con los caballos. Y advertía: los jinetes que doblegan al caballo por medio del látigo sólo aumentan su temor, porque relacionan (los caballos) el dolor con aquello que los asusta.

En el siglo XVI Antoine de Pluvinel consideraba que al caballo debía inspirársele confianza y tratarlo como persona.

El duque de Newcastle, hacia el siglo XVIII escribía: ...hay personas que en cuanto se hacen de un caballo joven, sin el menor equipo y sin el menor saber, suponen que por golpear y acicatear al animal lo van a amansar en solo una mañana. A estas personas tan estúpidas les preguntaría si golpeando a un chico lo pueden enseñar a leer sin antes enseñarle el alfabeto.

Los indios de las planicies de Norteamérica, al igual que los mongoles, cosacos y árabes, comían, se divertían y dormían con los caballos, para ellos el caballo era un miembro más de la familia. Para acercarse por primera vez, caminaban hacia el animal hablándole suavemente y tocándolo en la frente, en la cara y en la nariz. Les respiraban en los ollares, costumbre entre los equinos que sirve para identificarse y saber de quien pueden confiar. Un jefe indio aconsejaba que a los caballos se les debía tratar con firmeza al principio, sin ser demasiado severo, para después ofrecerle un buen trato no exento de mimos. De esta manera, el caballo pronto acepta el manejo que le brinda una retribución justa a sus buenas acciones.

En el siglo XIX, John Salomon Rarey sorprendió al mundo entero con su manera de tranquilizar a los caballos, misma que aprendío de otro hombre llamado Denton Offet. Es probable que con ellos haya nacido el termino "susurrador", pues acostumbraban a hablar suavemente a los caballos, como si les estuvieran comunicando una señal secreta. Rarey viajó por Inglaterra,  Francia y otros países de Europa resolviendo el problema de los caballos más difíciles que se conocían. Siempre tuvo éxito.

Robert M. De Witts fue otro distinguido conductista que empleaba con éxito el acostar al caballo para establecer su dominio, aunque el procedimiento para derribarlo generalmente era por la fuerza, en lugar de solicitar gradualmente al caballo que se acueste por su propia voluntad, cosa que hace con mucha facilidad cuando comprende lo que se le pide. De esta forma, se elimina la necesidad de derribarlo de manera vilolenta como lo siguen haciendo algunas personas. 

CONTINUARÁ EL PRÓXIMO MES

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